Fernando Collado Rueda

"Cuando el propósito es volver a ser tu"

CHOCOLATE INGLÉS

¡Un, dos, tres, chocolate inglés! Te has vuelto a mover, has perdido papi… Deberías escribir sobre los niños en alguno de tus artículos. Y tras decir esto escondió su cabeza bajo el brazo y mirando a la pared volvió a contar de nuevo.

Existe en el I Ching un profundo conocimiento. Los ocho trigramas (combinación de tres líneas) recogen las respectivas fuerzas del universo. Uno de estos símbolos corresponde al lago y este a su vez encierra como un todo a la creatividad, la paz y la infancia.

La niñez alberga toda la potencialidad del Ser humano: un recién nacido Será… (sí, con mayúscula). El niño querrá hacerse mayor, el adulto ansiará no haber crecido. ¿Hay paradoja que refleje mejor la ambivalencia humana? En la infancia cultivamos el carácter que nos guiará y forjamos el modo de vincularnos con los demás. De pequeños creamos nuevos mundos cada día, cambiamos las reglas y nos transformamos en lo que deseamos, ¿cómo no considerarla un impulso vital, un ciclón en estado de vigilia?

La infancia es ese periodo mágico donde lo improbable siempre se hace posible; es la certeza de que no saber conduce siempre a algo nuevo. Ser niño significa, en esencia, que todos los caminos están abiertos porque todos conducen al amor y la generosidad.

La límpida mirada de un niño no se turba, en ocasiones se anega en lágrimas que no hacen si no despejar aún más cualquier atisbo de oscuridad.

Durante la cuarentena están resultando un ejemplo para los demás. Un mes de encierro no ha malogrado su ánimo. Saludan a sus amigos en frías pantallas de móvil y han sustituido el patio del colegio por la terraza o ventana de sus casas. Con todo sus besos y sonrisas resisten con la obstinación de la primavera, que diría Camus. El niño, en constante transformación, se adapta a cada nueva circunstancia, sin dramas, estoica y serenamente. ¿No será ese el secreto de la vida?

A los niños les enseñamos a querer, a respetar y a compartir. ¿Qué nos sucede cuando crecemos? Nuestros hijos siempre perdonan los errores propios y ajenos, olvidan pronto y abrazan mucho. Su autenticidad nos enfrenta a la pegajosa hipocresía del adulto, su candidez a la malicia sinsentido. A veces, viéndolos a ellos, trato de recordar cómo me comporté en mi último enfado, qué ofensa interpreté en el otro o cuánto tardé en perdonar a los que me hirieron. Suele responderme una voz infantil: un, dos, tres, has vuelto a perder.

Fernando Collado Rueda

Psiquiatra

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