Fernando Collado Rueda

"Cuando el propósito es volver a ser tu"

Los fantasmas del Teatro Cervantes

Expectación, asesinatos y misterio aguardan tras las puertas del antiguo teatro. 

Algunas crónicas  sugieren que se construyó sobre un cementerio árabe, en el furor  

modernista que buscaba actualizar una ciudad aún enclaustrada tras las murallas de la Alcazaba. El Teatro Cervantes se inauguró en 1921. La sociedad burguesa de la época disfrutaba allí de obras de teatro, zarzuelas y óperas, refinando un gusto provinciano que intentaba emparejarse al de otras capitales españolas.

Conchita Robles encabezaba el cartel aquella noche del 21 de enero de 1922. Almeriense de nacimiento había cultivado sus dotes interpretativas en Madrid. La paisana era protagonista de la obra “Santa Isabel de Ceres” donde un grupo de prostitutas desvelaban los vicios de una sociedad de mantilla y misa de ocho. Al morbo de la trama y al atractivo de la actriz local se le unía una promoción intensa. Se rumoreaba que en la representación podrían verse disparos de gran realismo.

Llegado el día del estreno el teatro estaba a rebosar. Camuflado entre la muchedumbre habría conseguido colarse al patio de butacas Carlos Verdugo. Este comandante de caballería tenía prohibida la entrada a los recintos donde actuaba Conchita. Ambos habían sido matrimonio pero el militar era un maltratador hasta el punto que la actriz, valientemente, hubo de solicitar la nulidad matrimonial.

Valiéndose de subterfugios el comandante consiguió una localidad cercana al escenario. 

La primera escena resultó un éxito, el público aplaudía encandilado. El descanso le sirvió a Verdugo para alcanzar los camerinos pistola en mano. Conchita, aterrada, se escondió detrás de Manuel Aguilar, un chico de 16 años encargado de la cartelería. Su exmarido disparó sin piedad al muchacho para después continuar tirando contra la propia artista. Durante unos segundos el público creyó que la escena formaba parte de la obra. Los gritos de horror, el olor a muerte y el colofón de Verdugo al dispararse en la sien mostraron a los asistentes la verdadera naturaleza de los acontecimientos. El resultado fue aciago: Conchita murió en el acto, el chico Aguilar a las pocas horas y Verdugo salvó la vida perdiendo sólo un ojo. El asesino fue encarcelado en Chafarinas pero su rastro se pierde tras el alzamiento militar. 

Hay quien asegura que, ciertas noches, una dama ataviada con pañuelo aparece en el escenario para luego desvancerse. También hay quien afirma que los carteles del viejo teatro cambian de lugar sin que nadie los toque. ¿Qué creen ustedes?

Publicado en Diario de Almería el 20/07/21

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