Fernando Collado Rueda

"Cuando el propósito es volver a ser tu"

Quebrando el silencio

Da miedo preguntar a alguien sobre sus ideas de suicidio. Superar ese temor puede salvar vidas. 

Se sentía mal desde hacía meses. El último año había sido un desastre; pareciera que, en todas las manos, le venían mal dadas. A los apuros económicos se le sumaban problemas familiares. Su pareja y ella se gritaban más tiempo del que se escuchaban. Buscando el consuelo rápido había tornado los devaneos ocasionales con la cocaína por visitas diarias al camello de confianza. El consumo de cerveza estaba descontrolado también.

Anímicamente se percibía en un pozo cada vez más hondo. Pero no de agua y negrura sino de angustia y arenas movedizas. Como en esas películas donde gritan al protagonista que no se mueva, que es peor, cada gesto parecía hundirla un poco más. Pero nadie parecía lanzarle la cuerda que necesitaba.

Así, poco a poco, empezó a olvidarse de quién era. El espejo le ofrecía una imagen desvaída. “¿Dónde crees que vas con esa cara de pena?” parecía oír. “Tienes que animarte, hay cosas peores” le decían sus conocidos. Y eso la hacia sentirse más impotente, más fracasada, a mayor distancia de la que fue. Y con todo ello la luz del túnel era cada vez más pequeña. 

Una noche la idea empezó a cobrar forma. ¿Qué sentido tenía seguir así?, ¿qué esperanza había de que algo cambiase? Y la muerte adquirió un nuevo sentido. Aunque nunca había querido pensar demasiado en ella siempre había considerado que morir era el colofón de una vida. La última página de un libro íntimo. Ahora, sin embargo, la veía como una salida, una alternativa que ponía fin a tanto sufrimiento, a tanto dolor. Curiosamente, pensar en la muerte, le generaba una sensación ambivalente. Le aterraba pero también calmaba su angustia. Era el final definitivo de todo; de lo malo pero también de lo bueno. Comenzó a pensar cómo lo haría. Eso también la aliviaba. Sentía que, por fin, tenía cierto control sobre su (no) vida. Aquella tarde su hermana vino a visitarla. Nunca habían congeniado demasiado. Ella era diez años mayor y siempre la sintió como una segunda madre pero joven y triunfadora. Dejaba tras de sí una estela que resultaba imposible de emular. Aún así se alegró de verla. Las dos hermanas conversaron un poco. Por fin la mayor se atrevió a preguntarlo. Con voz temblorosa, asiendo la mano de su hermana dijo: “Sé que lo estás pasando muy mal, por eso estoy aquí. Quiero que me digas, por favor, si has pensado en hacerte daño”. Ella, rompiendo a llorar, se abrazó y sintió que aún quedaba esperanza.

Publicado en Diario de Almería el 01/06/21

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